miércoles, 23 de diciembre de 2009

La blanca navidad (En la árida Lima y otros lares del oriente)

La navidad es genial. Siempre lo fue desde que tuvo sentido comercial en nuestro querido y pasado siglo XX. Cómo olvidar el olor a pólvora generado por la cantidad industrial de pirotecnia pirata explotada en las calles de Lima; o las travesuras perpetradas con los primos para develar el misterio escondido dentro del papel regalo. Muchas anécdotas acompañadas de Pavo y panetón, y muchos eventos cotidianos generados por el estrés de la gente.
La semana pasada anduve andando por las tiendas del Jockey Plaza buscando presentes que puedan ser del agrado de mis exigentes familiares. Esa misma tarde, si bien la cantidad de personas no colapsaba el establecimiento, la concurrencia y su desesperación angustiosa invadían el ambiente con agresividad. Nuestro cuerpo humano (exótico) funciona a través de impulsos eléctricos que sirven como transmisión de mensajes que viajan a la velocidad de la luz desde el cerebro hasta cualquier extremidad, pero, esa transmisión de mensajes neuronales no se limitan a nuestro propio espacio, sino que además, se expanden a los objetos cercanos y a las demás personas que como las que andaban en el Jockey, compartían el mismo rostro de “mierda, ¿A dónde coño voy?”.

¿Pero es que en el Jockey, en la calle, en la playa, en la cárcel o en la casa de Aldo (Donde nadie asoma cabeza para visitar), la navidad se resume al miedo colectivo de no acariciar con las yemas de los dedos la sensación de felicidad y placer? ¿De no decir “Siento el espíritu navideño tocar el timbre de mi casa en vez de las anticuadas mujeres de faldas feas que reparten revistas “Atalaya”?
Espíritu navideño para Dummies
Nicolás no vestía prendas rojas y no pagaba pato por las inclemencias del clima polar. Sin embargo, su juventud en Turquía mantuvo los tintes dramáticos del logo de Coca Cola cuando sus padres fallecieron víctimas de la peste, dejando a un Nicolás compungido y con ganas de ayudar a los demás, motivándolo al servicio clérigo para luego, a la edad de diecinueve años, ganarse el puesto de sacerdote. Si estuviera vivo en el siglo XXI, seguramente gozaría de una popularidad que “cachorrearía” a la del Padre Martín, pues además de su conmovedora bondad, también tenía el don que Jesucristo o Maradona ostentaban: La magia de hacer milagros. Dicen unas lenguas por ahí (Wikipedia) que Nicolás le salvó la vida a un grupo de niños acuchillados por el Charles Manson del siglo II A.C. con tan solo la fe de sus plegarias; también es dicho que financió el matrimonio de tres mujeres desesperadas por el matrimonio y sin capacidad de acceder a este por la plata; y claro, imposible de omitir el rasgo que más lo identificaba: Su amor por los niños.
Lo que sentía Nicolás por los niños distanciaba mucho de la perspectiva de los sentimientos de Michael Jackson, Barney o los holandeses locos que andan por ahí en la plaza San Martín. Este europeo oriental regalaba juguetes a los niños pobres y repartía sin cansancio alegría a los más pobres del barrio. ¿Bonito, no?
Unos cuantos milenios han transcurrido desde que Nicolás se volvió santo (Sucedió un tiempo antes de que los cristianos mataran a algunos morenitos del medio oriente) y ahora es conocido como nuestro querido Papa Noel. ¿Cuál prefieres, el Nicolás hacedor de milagros o él gordito barbón del costal de regalos? No sé tú, pero yo escojo al vaso de Coca Cola que me hace la navidad más entretenida.

La navidad para un porcentaje mínimo de la población puede significar optimismo en un mundo que se acerca cada día más a su destrucción, tal como sucedió con RBC en las puertas de los 90's. Los viejos celebran su partida, pues se desligan del asunto y este mundo a medio destruir queda en manos de los más jovenes, que cabizbajos, se encuentran aturdidos por tal inmenza responsabilidad. He aquí el video.



Feliz Navidad y muchos regalos y pavo navideño con tu batería familiar!

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